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Del canto del cenzontle a la escucha del hermano

Una resonancia cristiana y pascual desde un poema náhuatl

Nehuatl nictlazotla in centzontototl icuicauh,
Yo amo el canto del cenzontle,

nehuatl nictlazotla in chalchihuitl itlapaliz
yo amo el color del jade,

ihuan in ahuiacmeh xochimeh;
y las flores fragantes;

zan oc cenca noicniuhtzin in tlacatl,
pero mucho más a mi hermano, al hombre,

Nehuatl nictlazotla.
yo lo amo.

El mundo canta

Hay versos pequeños que dicen cosas muy grandes.
Así pasa con aquel poema náhuatl que dice amar el canto del cenzontle, el color del jade y el perfume de las flores, pero amar todavía más al hermano, al ser humano.

Lo primero que conmueve es que el poema empieza por la belleza. No arranca con una idea, sino con una experiencia: escuchar, contemplar, recibir. Antes que paisaje, el mundo aparece como canto. La creación no está ahí solamente para ser usada; también está para ser escuchada.

Las cuatrocientas voces

El cenzontle es el ave de las “cuatrocientas voces”. Más que una cifra exacta, esa expresión sugiere abundancia, riqueza, una belleza que parece inagotable. El mundo no canta con una sola voz. Canta con muchos matices.

Y eso es muy hermoso. Porque el poema no presenta una belleza fría o decorativa, sino una belleza viva, abierta, casi coral. Quien aprende a amar ese canto múltiple empieza también a educar el corazón para escuchar lo distinto, lo irrepetible, lo otro.

Cuando aparece el hermano

Pero el poema no se queda en el puro gusto por lo bello. Y ahí está su grandeza. Después del canto, del jade y de las flores, aparece el hermano.

Como si el poema quisiera decirnos: sí, el mundo es hermoso; sí, la creación alegra el alma; sí, hay cosas que despiertan gratitud. Pero lo más grande no es una cosa bella: es la persona. No es el brillo del mundo, sino la dignidad del otro.

Ahí se deja sentir una resonancia muy cercana al Evangelio. La fe cristiana ama la creación y la reconoce como don de Dios. Pero también sabe que la belleza no alcanza su verdad más honda mientras no abra al amor.

La luz de la Pascua

Leído desde la Pascua, este poema recibe una luz todavía más fuerte. Cristo resucitado no nos saca del mundo: nos lo devuelve con ojos nuevos y con el oído renovado. Después de la Pascua, el mundo sigue siendo bello, pero ya no es sólo motivo de emoción. Se vuelve llamada. Se vuelve signo. Se vuelve invitación a una comunión más honda.

El Resucitado no borra la pluralidad de las voces: abre camino a la comunión. No aplasta la diferencia; hace posible la concordia. Por eso la belleza del creado no queda atrás, pero tampoco es el punto final. Su camino verdadero lleva al hermano.

Aprender a escuchar

Tal vez ésa es la intuición más honda del poema: la creación no canta para retenernos en sí misma, sino para educar el oído del alma. Y cuando ese oído madura, descubre que entre todas las voces del mundo hay una que pide ser amada de un modo singular: la voz del hermano.

Eso también nos hace bien hoy. Vivimos rodeados de imágenes, sonidos y estímulos, pero no siempre sabemos escuchar de verdad. Consumimos belleza, pero no siempre dejamos que la belleza nos vuelva más humanos.

Este pequeño poema nos recuerda algo sencillo y muy grande: la belleza auténtica no encierra, abre. No aísla, vincula. Y cuando se deja iluminar por la Pascua, conduce del canto del mundo al amor del hermano.

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