Una nota sobre el beso de la estola
A veces es imposible no besarla.
(Traducción del original italiano publicado en pesallegoricus.com: Assenso e desiderio. L’inevitabilità di un bacio).
Una rúbrica ya no lo exige. No hace falta exhibir el gesto, ni transformar cada acto del sacerdote, por pequeño que sea, en símbolo público. Hay gestos que pertenecen a una zona más secreta del ministerio: ya no están prescritos, y sin embargo nacen de una memoria litúrgica profunda; no son necesarios, y sin embargo, en ciertos momentos, parecen inevitables.
El beso de la estola es uno de estos.
Puede ocurrir antes de revestirse con ella, cuando se la toma entre las manos y por un instante se percibe que no se está simplemente preparando un rito. Puede ocurrir después, cuando se la depone y parece que esa tela ha recogido más peso del que hemos sido capaces de llevar. No es siempre un gesto pensado. A veces sucede antes que la reflexión. Los labios preceden al discurso. El cuerpo sabe algo que la mente debe todavía comprender.
Una rúbrica antigua
Guillermo Durando, en el Rationale divinorum officiorum, ya lo había escrito con una precisión sorprendente. Hablando de la vestición del sacerdote, dice que después del cíngulo se pone sobre el cuello el orarium, es decir, la estola, porque ella significa el yugo suave del Señor: leve Domini iugum. La pone sobre el cuello para mostrar que ha tomado sobre sí el yugo del Señor. Y luego añade:
Quam cum osculo sibi imponit et deponit, ad notandum assensum et desiderium quo se subicit huic iugo.
La impone y la depone con un beso, para indicar el asentimiento y el deseo con que se somete a este yugo.
He aquí el punto.
La estola no se besa porque sea hermosa. Se besa porque es un yugo. Y el cristiano sabe que ciertos yugos, cuando son de Cristo, no se soportan solamente: se aman.
Sobre una puerta de la abadía de Praglia, Cristo lleva la cruz bajo las palabras de Mt 11,30: Iugum meum suave et onus meum leve — «Mi yugo es suave y mi carga ligera». La imagen dice lo que la fórmula medieval deja entender: el yugo suave no es ligero porque no pese, sino porque es llevado por Cristo antes que por nosotros.
Durando emplea dos palabras decisivas: assensus y desiderium. El asentimiento es el sí de la voluntad. El deseo es el sí del afecto. No basta sufrir el yugo. No basta llevarlo porque se debe. El ministerio cristiano, si no quiere convertirse en oficio sagrado, exige también este movimiento más oculto: desear lo que pesa, amar lo que no se ha elegido por sí mismo, besar lo que a veces hiere.
Por eso el beso de la estola no es sentimentalismo. Es una pequeña obediencia de los labios. Antes incluso de que la voz diga algo, el cuerpo confiesa: sí, lo recibo; sí, me someto; sí, ya no me pertenezco por entero.
Una geografía precisa
La estola tiene una geografía precisa. Toca el cuello, es decir, el lugar del yugo.
Pesa sobre los hombros, es decir, el lugar de la responsabilidad. Desciende sobre el pecho, es decir, el lugar del corazón. Y precisamente sobre el pecho, recuerda también Durando, el sacerdote lleva la cruz: Crucem autem gerit in pectore. Corazón, cruz y responsabilidad no son tres lugares separados; en el ministro tienden a coincidir. Acompaña la voz, las manos, el cuerpo del ministro en el momento en que ya no pueden hablar ni actuar solamente en nombre propio.
No se lleva la estola como se lleva una insignia. Se la recibe como un peso. No dice ante todo: «yo puedo hacer algo», sino: «he sido tomado dentro de algo que me precede».
¿Qué lleva, entonces, esa tela cuando es puesta sobre el cuerpo del ministro?
Durando añade que ella desciende por delante, a la derecha y a la izquierda, porque el sacerdote debe estar protegido con las armas de la justicia en las prosperidades y en las adversidades. Es una imagen severa y bellísima. La estola no pertenece solamente a los días luminosos del ministerio: las Misas solemnes, las fiestas bien cantadas, las sacristías ordenadas, los momentos en que todo parece estar en su lugar.
Pertenece también a las adversidades.
A las lágrimas escuchadas. A los pecados absueltos. A las palabras pronunciadas con fatiga. A las bendiciones dadas cuando el corazón está cansado. A los cuerpos acompañados a la sepultura. A las propias miserias llevadas ante el altar.
Días ligeros, días pesados
Hay días en que la estola pesa poco. Se la toma, se la viste, se entra en el rito.
Y hay días en que pesa muchísimo.
Días en que ella recoge todo: la gratitud, la indignidad, el cansancio, el dolor ajeno, el peso del pueblo, la memoria de los propios límites. En esos días puede ocurrir que, antes de revestirse con ella o después de haberla depuesto, surja espontáneo besarla. No como gesto teatral, sino como acto casi mudo:
Señor, devuélveme lo que no sé llevar. Purifica lo que he llevado mal. No dejes que este signo se vuelva costumbre.
La estola, en este sentido, no celebra al ministro. Lo juzga.
Le recuerda que el ministerio no es una propiedad, sino una confianza recibida. No es una posesión, sino una entrega. No es una dignidad para contemplar en sí misma, sino una forma de obediencia. El ministro ordenado no viste la estola porque sea fuerte. La viste porque Otro ha llevado antes que él el peso de la obediencia. La viste porque Cristo asumió la forma del siervo. La viste porque la autoridad cristiana, cuando es verdadera, tiene siempre la forma interior de una servidumbre.
No solo yugo, también atadura
Aquí el signo se vuelve aún más oscuro.
Durando llega a decir que la estola representa también la atadura con que Jesús fue atado a la columna: Stola etiam representat ligaturam qua Iesus ligatus fuit ad columpnam.
No solo yugo, pues. También atadura.
No solo peso pastoral, sino memoria de la Pasión. La estola no es solamente lo que habilita al ministro para actuar; es lo que le recuerda qué forma debe tener toda autoridad cristiana: la forma de Cristo siervo, de Cristo atado, de Cristo entregado.
Y entonces el beso de la estola se vuelve también petición de perdón.
Por todas las veces en que ese yugo ha sido llevado mal. Por todas las veces en que el ministerio ha sido vivido con prisa, dureza, vanidad, cansancio no transfigurado. Por todas las veces en que palabras santas han sido dichas sin amor suficiente.
El beso, entonces, no enaltece al ministro. Lo humilla en el sentido más cristiano del término: lo devuelve al humus, a la tierra de la que ha sido tomado y sobre la que la gracia continúa inclinándose.
Una teología del osculum
Hay una teología del osculum que pasa precisamente por aquí.
En la liturgia se besan el altar, el Evangelio, la cruz. El beso no es un simple ornamento afectivo. Es reconocimiento. Es paz. Es caridad. El mismo Durando, hablando del beso del altar y del libro, recuerda que la paz es significada por el beso: pax per osculum designatur. Y también la caridad pasa a través del beso: caritas per osculum designatur.
El beso no toma. No agarra. No posee. Se posa.
Tal vez por esto es tan adecuado a las cosas santas. El altar no se usa solamente: se besa. El Evangelio no se lee solamente: se venera. La cruz no se explica solamente: se abraza. En el beso, el cuerpo reconoce que el misterio no es un concepto para dominar, sino una presencia a la que acercarse.
La estola, entonces, en ese pequeño beso privado, se vuelve casi un umbral.
De un lado está el hombre, con su cuerpo, su voz, su historia. Del otro está el ministerio, con su objetividad sacramental, más grande que la persona que lo lleva. El beso está en medio: no cancela la distancia, sino que la atraviesa con amor. Dice juntamente temblor y abandono. Dice: no soy digno. Pero dice también: se me ha pedido llevarla.
La oveja y la stola prima
La estola tiene algo de la oveja reencontrada.
En la iconografía del Buen Pastor, Cristo lleva la oveja sobre los hombros. El ministro ordenado, en cambio, lleva sobre los hombros el signo de Cristo pastor. La diferencia es decisiva. El sacerdote no sustituye a Cristo; está más bien colocado bajo su peso. La estola no lo hace dueño del rebaño, sino que lo obliga a recordar que cada oveja pertenece a Otro.
Pero la estola tiene también algo de la stola prima del hijo pródigo. Cuando el padre ve volver al hijo, dice a los siervos: Cito proferte stolam primam et induite illum (Lc 15,22) — «Traed enseguida el mejor vestido y vestidlo». La Vulgata usa exactamente la expresión que Durando retoma.
Durando lo recuerda: en la primera estola puede entenderse la inocencia perdida por el primer hombre y recuperada a través del misterio de la redención. La estola, entonces, no habla solo del ministro que lleva. Habla también del hombre revestido de nuevo. Habla de una dignidad perdida y devuelta. Habla del Padre que no deja al hijo en la desnudez del pecado, sino que lo reviste para que pueda volver a entrar en la casa.
También por esto la estola no puede reducirse a insignia de poder. Está demasiado marcada por la misericordia. Está demasiado cerca del cuello del siervo, de la columna de la Pasión, de los hombros del pastor, del vestido del hijo perdonado.
Demasiado verdadera para ser solo hermosa
Quizá el punto es todo este.
La estola no se besa porque sea hermosa. Se besa, cuando ocurre, porque es demasiado verdadera. Porque en ella se recogen la gloria y la pobreza del ministerio: una tela frágil, posada sobre hombros frágiles, para significar una gracia que frágil no es.
Y entonces sí: a veces es imposible no besarla.
No por devocionismo. No por nostalgia clerical. No por estética de lo sagrado.
Sino porque hay momentos en que, deponiéndola, el sacerdote comprende que esa estola ha llevado más que él: el peso de una palabra no suya, de una misericordia no suya, de una gracia que lo atraviesa sin pertenecerle.
Y entonces, al besarla, no se besa a sí mismo, ni a su propio papel, ni a su propia dignidad.
Besa, pobremente, el yugo de Cristo.
